viernes, 11 de septiembre de 2009

EL LEÓN DE DON JUAN DE AUSTRIA

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En ocasiones, la leyenda está basada en un hecho real, aunque con frecuencia se adereza con buenas dosis de fantasía. Es el caso de la leyenda renacentista que refiere la historia del león que tuvo el príncipe don Juan de Austria (1545-1578), hijo del emperador Carlos V y heroico general de los mares que comandó la flota de la Liga Santa, vencedora contra los turcos en la batalla de Lepanto (1571). Al parecer, el rey árabe Hamida le regaló un imponente felino a don Juan durante la estancia del militar español en Túñez.
El historiador Luis Zapata de Calatayud, que vivió en aquella época, da fe de ello cuando escribe en Miscelánea o Varia Historia (1589) lo siguiente:
“Diole don Juan a este león su mismo nombre de Austria, y de día y de noche no se quitaba de su presencia, como fiel capitán de su guardia. Siempre estaba echado ante él y con la barba en tierra, le ponía el pie encima y, como un lebrel, agradecido de tal favor, coleaba; estaba a su comer a la mesa, y comía de lo que el señor don Juan le daba. Y en la galería, el esquife de ella era su morada, y cuando iba a caballo iba a su estribo, como un lacayo, y si a pie, detrás, como un paje. Y tal vez si se enojaba con alguno e iba a arremeter contra él, una voz de don Juan, diciéndole “¡Austria, tate; para aquí!”, se ponía en paz y se iba a echar a su misma cama.
Este hermoso y raro animal, partido el señor don Juan hacia Flandes, fueron tantos los gemidos y aullidos que dio, que puso a todos los de este reino gran maravilla y espanto, hasta que de pura tristeza de la ausencia de su amo, vino a acabarse.”
En la alcazaba de Túnez sucedió a don Juan un muy extraño caso: era este alcázar muy espacioso y fuerte; tenía dentro de sus muros anchos patios enclaustrados, huertas, jardines y muy cómodas habitaciones, ricamente alhajadas a usanza morisca, con pavimentos y fuentes de mármol blanco. Eran estas habitaciones las de Muley Hamida, y allí se aposentó don Juan. Había en ellas una escalera de caracol que bajaba a un jardincillo muy fresco, con callecillas de arrayán y preciosos arriates de flores y narajos, limoneros, membrillos y granados; más allá estaban los baños y, tras ellos, la parte vieja y ruinosa de la alcazaba. El día después de su llegada bajó don Juan a ese jardín a la hora de la siesta en busca de fresco; acompañábale Gabriel Cervelloni, capitán general de la artillería, y Juan Soto, y sentáronse en una especie de bancos de azulejos moriscos que a la sombra de unas espesas enredaderas había; el calor, la hora, el suave sosiego de aquel delicioso sitio y el rumor del agua que corría tornaron pronto la plática desmayada, y sumiéronles en ese dulce embeleso que precede al sueño.
De repente saltó Cervelloni de su asiento echando mano a la daga, y otro tanto hizo don Juan Soto. Veían que por las callecillas de arrayán se adelantaba pausademente un enorme león. Pareció el animal extrañarse a la vista de los tres personajes, y se detuvo un momento, mirándolos como sorprendido, con una pata en alto; mas, prosiguiendo mansamente su camino, llegó a don Juan de Austria, que se había adelantado, y frotándose contra sus piernas como un perro, echóse humilde a sus pies.
Apareció entonces por el lado de los baños un esclavo nubio, y explicóles con pintoresca mímica que aquel hermoso animal era un león domesticado para solaz del rey Hamida. Y que vivía familiarmente en la alcazaba.
Acaricióle entonces don Juan. Y tal corriente de simpatía se estableció desde aquel momento entre “el león de Austria” y el león del desierto, que vino a ser éste el más fiel servidor de aquél.

Hispania incógnita. Fernando Arroyo (coord.) – págs. 281 a 283
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