martes, 29 de mayo de 2012

EL ARMIÑO

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     En un verde sendero de la montaña estaba comiendo un zorro, cuando pasó junto a clip_image003él un armiño.

     -¿Gustas? –dijo el zorro, que ya estaba satisfecho.

     -Gracias, pero ya he comido –replicó el armiño.

     Al zorro le dio mucha risa.

     -¡Ja! ¡Ja! Vosotros, los armiños, sois los animales más comedidos del mundo. Coméis una sola vez al día y preferís ayunar antes que mancharos vuestros blancos vestidos.

     En aquel momento llegaron los cazadores. Como un rayo, el zorro se refugió bajo clip_image005tierra. Menos rápido que aquél, el armiño corrió hacia su madriguera.

     Pero el sol había fundido la nieve, y la madriguera estaba inundada. Titubeó el armiño, poco deseoso de ensuciarse con el fango, y se detuvo.

     Los cazadores le eligieron por blanco y sonaron los disparos.

clip_image006Los hay que, como el armiño,

prefieren la muerte a la

pérdida de su pureza. clip_image007

Leonardo Da Vinci

domingo, 20 de mayo de 2012

LAS HADAS

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  Érase una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor se parecía a la madre en todo, tanto físicamente como en el carácter, hasta tal punto que quien veía a la madre veía a la hija. Las dos eran sumamente antipáticas y llenas de soberbia, a tal punto que nadie quería estar cerca de ellas, ni vivir junto a ellas.

     La más joven, por el contrario, era sumamente dulce y, por la bondad del corazón, era el vivo retrato de su padre. Su belleza era tan incomparable que resultaba difícil encontrar a otra joven tan bella como ella. Naturalmente, como todos aman a sus semejantes, la madre tenía predilección por la mayor y sentía por la menor una aversión y repugnancia espantosas.

     La obligaba a comer en la cocina, y le encomendaba todos los trabajos pesados de la casa, además de enviarla cada día a una fuente distante, más de un kilómetro y medio, para buscar agua.

     Un día mientras estaba en la fuente llenando su cántaro, se le acercó una mendiga, quien le rogó que diera agua de beber.

     -Pero claro, abuelita, con mucho gusto -respondió la niña-, espere que le llene la jarra. Inmediatamente la limpió, la llenó con agua fresca y se la presentó, sosteniéndola con sus propias manos para que bebiera cómodamente y hasta saciarse. Cuando hubo bebido, la viejita le dijo:

     -Eres tan buena, y tan bella que quiero agradecerte tu amabilidad con un regalo.

     Se trataba de un hada que había tomado la forma de una vieja campesina para ver hasta dónde llegaba la bondad de la jovencita.

     Y continuó:

     -A partir de ahora por cada palabra que salga de tu boca brotará o una flor o una piedra preciosa. Éste es mi regalo.

     La muchachita regresó a la casa con el cántaro lleno, algunos minutos más tarde y se encontró con que su madre estaba hecha una furia por el minúsculo retraso.

     -Mamá, ten paciencia, te pido perdón -dijo la hija humildemente, y mientras hablaba le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos diamantes enormes.

     -¡Pero qué sucede aquí! -dijo la madre estupefacta-, ¡me equivoco o estás escupiendo perlas y diamantes!... Oh, pero ¿cómo, hija mía?

     Era la primera vez en toda su vida que la llamaba así y en tono afectuoso. La niña contó ingenuamente todo lo que le había sucedido en la fuente; y mientras hablaba, brotaban rubíes y topacios de sus labios.

     -¡Oh, menuda fortuna! -dice la madre- voy a enviar también a la otra niña.

     Mira, Cecchina, mira lo que sale de la boca de tu hermana cuando habla. ¿Te gustaría tener también a ti este don?... Es necesario que solamente vayas a la fuente de agua y si una viejita te pide agua, dásela con mucha amabilidad.

     -¡No faltaba más, ir a la fuente ahora! -reclamó la otra.

     -¡Te digo que vayas ahora mismo! -gritó la mamá.

     La muchacha salió corriendo llevando consigo la más bella jarra de plata que había en toda la casa. Apenas llegó a la fuente, apareció una gran señora, vestida magníficamente, que le pidió un poco de agua. Era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero había tomado el aspecto y vestuario de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la grosería de la joven.

     -¡Pero claro -dijo la soberbia muchacha- que he venido aquí para darle de beber a usted! ¡Seguro! ¡Para darle de beber a usted y no a otra persona!... ¡Un momento, si tiene sed, la fuente está ahí!

     -Tienes muy poca educación, muchacha... -dijo el hada sin inmutarse-. Ya que eres tan maleducada te doy por regalo que por cada palabra pronunciada saldrán de tu boca una rana o una serpiente.

     Apenas la vio la madre a lo lejos, le gritó a plena voz:

     -¿Cómo te fue, Cecchina?

     -¡No me molestes mamá! -replicó la muchacha; e inmediatamente escupió dos víboras y dos ranas.

     -¡Oh, Dios, qué veo! -exclamó la madre-, ¡la culpa debe ser toda de tu hermana!, ¡me las pagará!

     Y se movió para pegarle. Y la pobre joven huyó de la reprimenda y fue a refugiarse en el bosque cercano.

     El hijo del Rey que regresaba de cazar la encontró en un sendero y viéndola tan hermosa, le preguntó qué hacía en ese lugar tan sola y por qué lloraba tanto.

     -Mi madre me ha echado de casa y me quería pegar -respondió la joven. El hijo del Rey, quien vio salir de aquella boca cinco o seis perlas y otros tantos brillantes, le rogó que le contara cómo era posible algo tan maravilloso. Y la muchacha le relató toda la historia del encuentro con el hada.

     El príncipe se enamoró de inmediato de ella, y considerando que el don del hada era más valioso que cualquier dote que ninguna de las damas del reino podrían acumular, la llevó sin chistar a palacio y se casó con ella.

     La otra hermana, se hizo odiar por todo el mundo de tal manera, que su misma madre la echó de casa; la desgraciada joven, después de tratar de convencer a muchos de que la recibieran y no conseguir encontrar a nadie dispuesto a hacerlo, se fue a morir al final del bosque.

Carlo Collodi

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miércoles, 9 de mayo de 2012

EL AMANECER DEL HADA

 

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  Alba raramente veía el Sol. Se encontraba en una isla, era verano, hacía calor, pero su cuerpo seguía pálido, sin luz. Las largas piernas de Alba iluminaban a ritmo sincopado la mayor discoteca del mundo. Noche tras noche.

clip_image005     Su universo estaba constituido por la plataforma metálica en la que se movía por encargo, como una fiera en una jaula fluorescente, creando un reflejo de luz y sombra artificial hendido por el compás de sus muslos bellísimos. Alejada de todo y de todos, incluida ella misma. Alba se entregaba a la noche de su juventud. Día tras día. Maquillaje, minifalda, miradas ajenas sobre su cuerpo eternamente en muestra. Esta era su rutina de chica gogo desde la ruptura con su primer novio, el chico con el que pensaba compartir el resto de su vida, su príncipe. Trabajar de noche y dormir de día le pareció de pronto la forma más rápida y eficaz para olvidar su corazón roto y dejar de lado una vez por todas los cuentos de hadas, un narcótico poderoso para la romántica mente femenina capaz de convertir en príncipe al más feo de los sapos. Aunque en el rincón más escondido de su alma seguían alimentándose las ilusiones más tenaces (en el corazón de toda mujer, gran fábrica de sueños y esperanzas, siempre sobrevive alguna ilusión, no obstante el encanto se rompe una y otra vez y la realidad aplasta).

     Una madrugada, al bajar de su flamante pedestal, despidiéndose deprisa de los compañeros noctámbulos, su mirada se cruzó con la de un joven guapísimo, seguramente un forastero.

     En un segundo se decidió el destino de Alba, una carrera enloquecida en moto hacia la playa, su pelo rebelde jugando con el viento cálido de agosto.

     "Otra noche de aventura y pasión", pensaba la joven arrimando su cuerpo al del hermoso motociclista, ignorando que el caprichoso azar tenía otros planes para ella.

     Una mancha de aceite en la carretera provocó la pérdida de control del vehículo que resbaló y rebelándose a su dueño volteó sobre sí mismo hasta estrellarse con un ruido sordo contra una palmera.

     Luego la nada. Otros segundos interminables y determinantes. El joven pronto volvió en sí, tomó a Alba entre sus brazos y la acercó a la orilla del mar. Le quitó solícito los zapatos de tacón para que las olas alcanzaran rápidas sus pies y la joven se despertara de este sueño violento e injusto. Poco a poco la velocidad de la vida de ambos se aplacó mientras el ritmo de sus corazones se acoplaba al ir y venir del agua. Alba gradualmente se animó, sus ojos perezosos y asustados volvieron a cruzarse con la mirada del desconocido que aún la sujetaba y observaba con emoción y preocupación. Acto seguido volvió a entregarse al sueño, plácida, serena, segura. Y mientras el joven intentaba descifrar el secreto de su angelical sonrisa, el lecho de arena se amoldó a sus miembros, la brisa se posó sobre sus labios y las estrellas se turnaron para velar su reposo.

     Alba, sin saberlo, sonreía al Paraíso. El alboroto del accidente, el cansancio de la noche y la nostalgia del amor perdido se apoderaron de ella..., que por primera vez no opuso resistencia alguna y se entregó a todas sus emociones, un cóctel prodigioso de sensaciones terapéuticas. En la arena cálida, en el silencio pausado del mar, Alba soltó la rienda, dejó de querer ser fuerte, se deshizo de su armadura oxidada -como el famoso caballero del cuento-, y se concedió un momento eterno de vulnerabilidad, entregándose ligera al sueño más profundo de su vida. Una vez entrada sin reservas en este estado onírico, se abrió ante ella la visión de un nuevo mundo, un oasis de paz para su corazón pesaroso, un reino de lujuriante vegetación armonizado con música suave y poblado por seres dulces y alegres: las hadas, las ninfas gentiles de los cuentos fantásticos.

     ¡Cómo le hubiese gustado ser una de ellas y volar serena por la vida! -pensó Alba entre sí. Nada más formular este pensamiento y sonreír alegre a su entorno, un hada se acercó volando a ella y le dijo dulcemente:

     -¡Bienvenida al Paraíso de las hadas, Alba! Hace tiempo que esperábamos tu visita y nos extrañaba tu retraso, pero por fin has llegado y nos alegramos enormemente.

     -¿Me estabais esperando?

     -¡Claro que sí!

     -¿Y por qué?

     -¡Pronto lo descubrirás! Un poco de paciencia...

     -¿Cómo?

     -Pues... ¡Sígueme!

clip_image007     El hada acompañó a Alba hasta la torre más alta del castillo del Paraíso de las hadas en una sala circular cuyas paredes estaban cubiertas por lienzos de seda turquesa. Con un gesto rápido y seguro, la anfitriona hizo caer los lienzos al suelo y dejó a su huésped sola en el centro de la torre contemplando su imagen repetida en unos enormes espejos. Alba quedó deslumbrada por su belleza. Se reconocía en las figuras recreadas por los espejos, pero al mismo tiempo se veía mucho más hermosa de lo habitual. Sus ojos habían recuperado el brillo de la inocencia perdida, su indomable pelo caía sobre sus hombros con extraordinaria suavidad mientras algunos mechones más claros acariciaban su rostro (unos auténticos tirabaci, buscanovios como los llamaba su abuela italiana), y su corazón (¡lo podía ver con claridad!) ardía en un poderoso fuego rojo.

     Esta visión lo fue todo. Fue un encuentro, una reconciliación con la esencia más pura de su ser. Fue también un nuevo amanecer como hada, como diosa y sacerdotisa protectora de los misterios sagrados de la naturaleza, en armonía celestial con el universo entero.

     Alba entonces abrió los ojos y encontró enseguida en la gran claridad del día los ojos del joven motociclista. Lo que vio no fue a un príncipe. Pero no le importó mínimamente porque aquel chico joven que no apartaba su mirada de ella y tenía la camiseta sucia y despedazada era real y estaba allí a su lado.

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     Estaba amaneciendo.

     -¿Por qué idealizar el amor cuando el amor en sí ya goza de la perfección? -pensó Alba amaneciendo con el Sol- ¿Por qué cultivar ilusiones para decorar la realidad cuando es en la desnudez que se realiza el encuentro arriesgado con el otro?

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     ¡Cuánta sabiduría en un instante de sueño!

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     Alba regaló al joven su mejor sonrisa y le acarició una mano con ternura para demostrarle su más sincera gratitud también por el accidente, por la carrera enloquecida, por el Paraíso de las hadas, por todo. Se levantó ágilmente y, como un gato que se estira perezoso, dio la bienvenida al nuevo día (¡realizando una especie de ritual mágico que significaba tanto para ella: saludar el nuevo día, la nueva vida sagrada de Alba!), sus pies ligeros se encaminaron hasta el agua donde empezó una danza en espiral acompañando las pausadas olas del mar hasta las orillas del mundo.

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     Alba sabía que no necesitaba El Gran Libro de los Sueños para alcanzar una mayor comprensión de lo que había vivido, el mensaje había sido muy claro para ella. Tampoco le servirían los mapas para intentar recuperar el lugar de su visión, para buscarlo y volver a refugiarse en él en los momentos más difíciles. El Paraíso de las hadas se había esfumado pero permanecía allí a su lado, latiendo en su corazón, alimentándose con cada respiro y fortaleciéndose en cada sonrisa. La vida misma le había mostrado su lado sagrado, un centelleo de gracia, una pizca de amor verdadero. No necesitaba nada más para ser feliz.

Giovanna Cuccia

jueves, 3 de mayo de 2012

SUEÑOS DE NIEVE

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En el interior de la tierra durmiente,

infinitas semillas sueñan con la lluvia.

Ahora, un manto de nieve cubre el suelo,

terrible en su poder y su prodigio.

Incluso el Sol se inclina ante él,

aguardando el renacimiento en el solsticio.

clip_image003 Elizabeth Barrette clip_image004

 

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