sábado, 31 de octubre de 2009

SAMHAIN


El gato negro es un símbolo clásico de Samhain/Halloween. Durante siglos, se ha relacionado al gato con la brujería, con la magia y con la Diosa. Por ejemplo, Bast, la Diosa-gata egipcia era representada típicamente con la forma de una gata negra. Más adelante, los romanos identificaron a Bast con Diana, a quien durante la Edad Media se llamó la "Reina de las brujas ". Históricamente, se han hecho pocas distinciones entre brujas, hadas, diosas y gatos , ya que durante distintos períodos de la historia, se ha creído que el gato las representaba a todas en su forma física.
Este Samhain, haz magia gatuna con tu amigo felino (supongo que también vale con tu perro, si no tienes gato) para conseguir protección y buena suerte en el Año Nuevo celta. Sostén a tu gato sobre tu regazo, enciende una vela blanca y repite este encanto 3 veces:

En esta noche de Samhain invoco a Diana, diosa de la Luna,
y con esta canción brujil echo un hechizo de protección y buena suerte.
Mi amigo felino y yo realizamos este hechizo como un solo ser.
Que se haga nuestra voluntad y que nadie sea dañado.
-Ellen Dugan-

calabazas
Al principio del Año Nuevo de las brujas, las noches se hacen largas, los vientos enfrían y comienza el frío invierno. Para celebrar esta última cosecha se prepara  carne, se almacenan cultivos de raíces, frutos secos y manzanas, y las actividades del año llegan a su fin. Se pagan las deudas y las cosas viejas se limpian, se arreglan o se desechan. Se barre la casa para dejarla limpia y las viejas escobas se tiran para ser reemplazadas por escobas nuevas para garantizar que los miembros de la familia no tengan ninguna mala suerte en el nuevo año.
El aire chisporrotea de energía y excitación mientras el velo entre los mundos es fino, los espíritus están cerca y el poder está en el aire. Ésta es una noche para celebrar a la bruja y practicar algunas costumbres ancestrales. La asamblea de brujas y los solitarios celebran este sabbat con respeto, alegría y trabajos mágicos.
Los espíritus son contactados fácilmente y las deudas con quienes han fallecido se pagan en forma de ofrendas dejadas en los cruces de caminos. Ahora se puede acceder más fácilmente a los diferentes mundos, incluyendo el reino de las hadas. Se debe tener cuidado de no ofender o faltar el respeto a los muertos, a los moribundos o a otros seres que están más allá de nuestro plano de existencia.

Abby Willowroot
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lunes, 19 de octubre de 2009

LA BELLA JARIFA Y EL ABENCERRAJE

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El alcaide Antequera, Rodrigo de Narváez, salía con frecuencia con un pequeño grupo de hombres armados a explorar los territorios cercanos. Por ser Antequera zona fronteriza con el Reino de Granada, era necesario defenderla de las correrías sarracenas.
     En una de estas jornadas de vigilancia, una noche de primavera en la que los campos andaluces estaban bañados por la luna, cuando la brisa perfumaba de jazmines los aires y cuando el silencio era más profundo, Narváez y sus hombres se detuvieron para que los caballos pudieran descansar. Estando recostados en la hierba al pie de unos árboles, en las cercanías de un camino que llevaba a Álora, oyeron un ligero rumor y las pisadas de un caballo que cruzaba la pradera. Pensando que se les ofrecía una ocasión en que emplear su valor, se incorporaron rápidamente y, cogiendo sus armas, saltaron a los caballos y se dividieron en dos grupos, no sin antes acordar que si alguno de ellos se encontraba en aprieto, avisase mediante un toque de corneta para que el otro grupo pudiese acudir en su auxilio.
     Con la visera calada, adarga al pecho y lanza en ristre, los hombres se parapetaron cerca de una encrucijada de caminos, donde esperaban sorprender al intruso. Cada vez se sentía más cerca el trote de un caballo, al tiempo que les llegaba el dulce sonido de una canción de amor en lengua morisca.
     La soledad, el silencio, la pálida claridad de la luna, el perfume de las flores y el susurro de las hojas mecidas por la brisa infundía en el ánimo de los soldados un sublime recogimiento y daba mayor armonía a la canción, cuyo estribillo decía:

Allí vivo donde muero,
estoy do está mi cuidado,
de Álora soy el frontero
y en Coín enamorado”.
    
     Cinco de los cristianos que formaban el grupo más avanzado se quedaron quietos hasta descubrir al caballo y a un jinete moro… Aquel era quien interrumpía con su enamorada canción el silencio nocturno de los bosques. Más atentos a la buena presa que a la canción del enamorado, a una señal se abalanzaron sobre él con furioso ímpetu. Aún siendo cinco contra uno, no pudieron los cristianos con él: la lanza del moro hizo morder el polvo al primer atacante, abrió paso y el caballo árabe, picado por el jinete, se ocultó entre las sombras de los árboles que había más adelante. Los burlados hicieron sonar su corneta y a su señal salió Narváez con sus compañeros al encuentro del fugitivo. El alcaide de Antequera hirió al caballo del moro con un venablo y, de esta forma, consiguió detener al sarraceno y obligarle a rendirse. El moro arrojó con desdén su lanza y, sin pronunciar palabra, se hundió en un profundo llanto.
     Era el cautivo un mancebo gentil que no había conocido veintitrés primaveras, vestía una marlota de seda con rica guarnición, una graciosa toca tunecina, bonete de grana y caminaba armado de lanza y de adarga labrada.
     -¿Quién eres? –preguntó Narváez, admirado por el lujo y gentileza del joven aventurero.
     -Hijo del alcaide de Ronda.
     -¿De qué tribu eres?
     -Abencerraje.
     -¿A dónde te dirigías a tales horas y a través del bosque? –A esta pregunta, quedó el moro silencioso y volvió afligido a su llanto-. Esas lágrimas –añadió Narváez- desmienten tu linaje: no hay abencerraje cobarde ni tan flaco de espíritu que se muestre abatido por el infortunio, ni que llore como tú ahora, más como mujer que como soldado.
     -No me intimidan el cautiverio ni la muerte –replicó el moro-. Mi negra fortuna ha querido afligirme con el más hondo de los pesares.
     -¿Y cuál puede ser éste? Cuéntalo, que tal vez pueda mitigarlo tu vencedor, el alcaide Rodrigo de Narváez.
     Un tanto sosegado el  moro, al saber que estaba en presencia de uno de los caballeros más cumplidos de Castilla, hizo relación de su pena:
     -Hace años que es señora de mi libertad Jarifa, hija de un enemigo de mi linaje y alcaide de un castillo inmediato. Por ella he teñido mi lanza en la sangre de tus cristianos ¡y ojalá hubiera podido conquistar un imperio para llamarla mi reina y señora! Mi fiel amiga me esperaba esta noche en los jardines de su castillo para huir conmigo y celebrar secretamente nuestra boda. Jarifa aguardará en vano toda la noche sin que resuene en su jardín el galope de mi caballo. ¡Dime ahora si tal desventura no merece lágrimas…!
     -¿Juras como caballero volver a mi poder si te doy libertad para que desengañes a tu mora contándole tu desgracia? –preguntó entonces Narváez.
     -Lo juro.
     -Pues toma tu caballo y tu lanza y honra a tu dama, pero no olvides que mañana deberás estar conmigo en Antequera.
     Diligente, el moro llegó a los jardines donde le aguardaba Jarifa; refirió su cautiverio y el juramento que le obligaba a cabalgar hasta Antequera para sufrir prisión. La mora se propuso entonces seguirlo, como esposa y compañera de infortunio, sin que el abencerraje pudiera disuadirla pintando muy a lo vivo las penalidades del cautiverio.
     Jarifa sacó secretamente sus joyas y ricos adornos mujeriles y, colocada en la delantera del caballo, entre los brazos de su amante, huyó del hogar paterno. Ambos entraron en Antequera, se postraron a los pies de Narváez y le ofrecieron las joyas como precio del rescate. El alcaide, magnánimo, les dijo:
     -Sois libres. Adornen estos presentes la sien de la desposada y añada a ellos los que yo le regalo.
     Y entregó a la mora grandes riquezas con las que elebrar las bodas de los enamorados. Además, Narváez ordenó que todos los caballeros y señoras de Antequera acudieran a rendir homenaje a los leales amantes. Escribió una carta al padre de la novia intercediendo por los novios –porque las locuras de amor bien pueden perdonarse-, y dispuso que una lucida escolta los acompañase, para protegerlos, hasta las puertas de Ronda.
     Días después llegaron unos emisarios de Ronda trayendo a Narváez seis mil escudos y varios hermosos caballos. Eran los presentes que el abencerraje hacía a su libertador. El alcaide de Antequera, galantemente, rechazó el obsequio ordenando a los moros que se lo llevasen de vuelta y que dijesen al abencerraje que él no solía robar damas, sino servirlas y honrarlas.
Adaptación de Emilia Cobo de Lara de diversas fuentes y la tradición oral.
Hispania incógnita, págs. 295 a 298
arabkar99

domingo, 4 de octubre de 2009

HADAS ESCOCESAS

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Las ondinas que viven en los lagos de Escocia son conocidas por el nombre de Kelpies.
Uno de estos extraños  seres se encaprichó de un monje al que intentaba seducir de todas las maneras posibles.
El santo varón, sin embargo, consiguió resistir sus propósitos arguyendo que primero tenía que aprender a vivir bajo el agua.
Como esto era imposible, la kelpie acabó por despedirse de este proyecto amoroso, no sin antes haber derramado abundantes lágrimas, que se transformaron en guijarros de color verde gris, a los que los escoceses dan el nombre de "lágrimas de sirenas".

clip_image004En una ocasión, en Escocia, una de estas criaturas frecuentaba un tranquilo estanque, a veces con forma de un precioso pez, otras en la de una doncella tan grácil como los abedules que se contoneaban junto al agua.      

Aunque nadie pudo decir cómo sucedió, sedujo a un joven llamado Colvill, que acabó abandonando a los suyos para estar con ella en la laguna.

Durante todo un verano gozó de un placer infinito en los brazos de la ninfa, yaciendo entre los árboles.

Y de no haber sido por su familia, que concertó su matrimonio con una mujer mortal tan risueña y alegre como el mismísimo verano, hubiese desperdiciado su vida de esta manera.

Después de la boda, Covill permaneció a su lado durante algunos días, aparentemente ajeno a los hechizantes peligros del otro mundo.

Pero, sin saberlo, su esposa le hizo caer de nuevo en las redes de la doncella de las aguas.

Había oído hablar de sus citas.

Una tarde, en el jardín de la casa de sus padres, le pidió que no volviera al estanque.

Covill miró fijamente a su dama y en medio de ese decorado, acudió a su mente la imagen del estanque de la montaña, con sus delicados abedules, y la del pelo suelto y los ojos marrones y sonrientes de la ninfa.

Covill abandonó a su mujer y regresó al estanque.

En su hogar de las tierras altas, la ninfa de las aguas le estaba esperando, casi invisible entre los nenúfares.

Atusándose el pelo, le preguntó:

-¿Te gusta mucho tu nueva dama, joven Covill?- dijo con suavidad.

El respondió que no y la abrazó, pero la ninfa sólo le sonreía: una sonrisa tan fría como el agua que vigilaba.

-¿No te duele la cabeza, joven Covill?

De repente notó un dolor tan intenso en sus sienes que le saltaron las lágrimas de los ojos.

-Corta un pedazo de mi vestido y envuélvete la cabeza, su magia te aliviará el sufrimiento.

Así lo hizo. Con su cuchillo cortó una tira del blusón que llevaba puesto la ninfa, mientras ella le observaba con ojos inexpresivos.

Como si fuese una cuerda de hierro, la seda se hincó en su cráneo, cada vez con más fuerza, hasta que el hueso se quebró y brotó sangre de sus oídos.

Sus pies vacilaron mientras clavaba los dedos en la venda de la ninfa, intentando quitársela, pero sólo consiguió que se apretara más.

Se volvió hacia ella cuchillo en ristre, pero la ninfa se alejó rápidamente, ligera como las gotas de agua.

Se detuvo un instante al borde del estanque y dijo:

-Está muy mal joven Covill, abandonarme por una doncella mortal.

El muchacho cayó al suelo enloquecido de dolor y la ninfa se sumergió en la laguna.

Cuando por fin los amigos de Covill salieron a buscarle, le encontraron ahogado.

Nada pudieron ver en el estanque, exceptuando el airoso coleteo de un hermoso pez.

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FLORES DE MI BOSQUE

cala
Cala
Budleia
Budleia
Copia de P4230024
Pensamientos
P4080058
Rosas
P4080066
Primavera
parque 10
Dragonaria