lunes, 19 de octubre de 2009

LA BELLA JARIFA Y EL ABENCERRAJE

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El alcaide Antequera, Rodrigo de Narváez, salía con frecuencia con un pequeño grupo de hombres armados a explorar los territorios cercanos. Por ser Antequera zona fronteriza con el Reino de Granada, era necesario defenderla de las correrías sarracenas.
     En una de estas jornadas de vigilancia, una noche de primavera en la que los campos andaluces estaban bañados por la luna, cuando la brisa perfumaba de jazmines los aires y cuando el silencio era más profundo, Narváez y sus hombres se detuvieron para que los caballos pudieran descansar. Estando recostados en la hierba al pie de unos árboles, en las cercanías de un camino que llevaba a Álora, oyeron un ligero rumor y las pisadas de un caballo que cruzaba la pradera. Pensando que se les ofrecía una ocasión en que emplear su valor, se incorporaron rápidamente y, cogiendo sus armas, saltaron a los caballos y se dividieron en dos grupos, no sin antes acordar que si alguno de ellos se encontraba en aprieto, avisase mediante un toque de corneta para que el otro grupo pudiese acudir en su auxilio.
     Con la visera calada, adarga al pecho y lanza en ristre, los hombres se parapetaron cerca de una encrucijada de caminos, donde esperaban sorprender al intruso. Cada vez se sentía más cerca el trote de un caballo, al tiempo que les llegaba el dulce sonido de una canción de amor en lengua morisca.
     La soledad, el silencio, la pálida claridad de la luna, el perfume de las flores y el susurro de las hojas mecidas por la brisa infundía en el ánimo de los soldados un sublime recogimiento y daba mayor armonía a la canción, cuyo estribillo decía:

Allí vivo donde muero,
estoy do está mi cuidado,
de Álora soy el frontero
y en Coín enamorado”.
    
     Cinco de los cristianos que formaban el grupo más avanzado se quedaron quietos hasta descubrir al caballo y a un jinete moro… Aquel era quien interrumpía con su enamorada canción el silencio nocturno de los bosques. Más atentos a la buena presa que a la canción del enamorado, a una señal se abalanzaron sobre él con furioso ímpetu. Aún siendo cinco contra uno, no pudieron los cristianos con él: la lanza del moro hizo morder el polvo al primer atacante, abrió paso y el caballo árabe, picado por el jinete, se ocultó entre las sombras de los árboles que había más adelante. Los burlados hicieron sonar su corneta y a su señal salió Narváez con sus compañeros al encuentro del fugitivo. El alcaide de Antequera hirió al caballo del moro con un venablo y, de esta forma, consiguió detener al sarraceno y obligarle a rendirse. El moro arrojó con desdén su lanza y, sin pronunciar palabra, se hundió en un profundo llanto.
     Era el cautivo un mancebo gentil que no había conocido veintitrés primaveras, vestía una marlota de seda con rica guarnición, una graciosa toca tunecina, bonete de grana y caminaba armado de lanza y de adarga labrada.
     -¿Quién eres? –preguntó Narváez, admirado por el lujo y gentileza del joven aventurero.
     -Hijo del alcaide de Ronda.
     -¿De qué tribu eres?
     -Abencerraje.
     -¿A dónde te dirigías a tales horas y a través del bosque? –A esta pregunta, quedó el moro silencioso y volvió afligido a su llanto-. Esas lágrimas –añadió Narváez- desmienten tu linaje: no hay abencerraje cobarde ni tan flaco de espíritu que se muestre abatido por el infortunio, ni que llore como tú ahora, más como mujer que como soldado.
     -No me intimidan el cautiverio ni la muerte –replicó el moro-. Mi negra fortuna ha querido afligirme con el más hondo de los pesares.
     -¿Y cuál puede ser éste? Cuéntalo, que tal vez pueda mitigarlo tu vencedor, el alcaide Rodrigo de Narváez.
     Un tanto sosegado el  moro, al saber que estaba en presencia de uno de los caballeros más cumplidos de Castilla, hizo relación de su pena:
     -Hace años que es señora de mi libertad Jarifa, hija de un enemigo de mi linaje y alcaide de un castillo inmediato. Por ella he teñido mi lanza en la sangre de tus cristianos ¡y ojalá hubiera podido conquistar un imperio para llamarla mi reina y señora! Mi fiel amiga me esperaba esta noche en los jardines de su castillo para huir conmigo y celebrar secretamente nuestra boda. Jarifa aguardará en vano toda la noche sin que resuene en su jardín el galope de mi caballo. ¡Dime ahora si tal desventura no merece lágrimas…!
     -¿Juras como caballero volver a mi poder si te doy libertad para que desengañes a tu mora contándole tu desgracia? –preguntó entonces Narváez.
     -Lo juro.
     -Pues toma tu caballo y tu lanza y honra a tu dama, pero no olvides que mañana deberás estar conmigo en Antequera.
     Diligente, el moro llegó a los jardines donde le aguardaba Jarifa; refirió su cautiverio y el juramento que le obligaba a cabalgar hasta Antequera para sufrir prisión. La mora se propuso entonces seguirlo, como esposa y compañera de infortunio, sin que el abencerraje pudiera disuadirla pintando muy a lo vivo las penalidades del cautiverio.
     Jarifa sacó secretamente sus joyas y ricos adornos mujeriles y, colocada en la delantera del caballo, entre los brazos de su amante, huyó del hogar paterno. Ambos entraron en Antequera, se postraron a los pies de Narváez y le ofrecieron las joyas como precio del rescate. El alcaide, magnánimo, les dijo:
     -Sois libres. Adornen estos presentes la sien de la desposada y añada a ellos los que yo le regalo.
     Y entregó a la mora grandes riquezas con las que elebrar las bodas de los enamorados. Además, Narváez ordenó que todos los caballeros y señoras de Antequera acudieran a rendir homenaje a los leales amantes. Escribió una carta al padre de la novia intercediendo por los novios –porque las locuras de amor bien pueden perdonarse-, y dispuso que una lucida escolta los acompañase, para protegerlos, hasta las puertas de Ronda.
     Días después llegaron unos emisarios de Ronda trayendo a Narváez seis mil escudos y varios hermosos caballos. Eran los presentes que el abencerraje hacía a su libertador. El alcaide de Antequera, galantemente, rechazó el obsequio ordenando a los moros que se lo llevasen de vuelta y que dijesen al abencerraje que él no solía robar damas, sino servirlas y honrarlas.
Adaptación de Emilia Cobo de Lara de diversas fuentes y la tradición oral.
Hispania incógnita, págs. 295 a 298
arabkar99