lunes, 30 de enero de 2012

LUNA LLENA

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Desde el medio del cielo alumbra a las mujeres estériles que cuentan olas en a Lanzada[1]. Dueña de la fertilidad, reina del mar y del vientre, acompasa sus ritmos divergentes y los abre al milagro de la reproducción en la novena ola.

            También en Corme[2] las mujeres casi desnudas buscan el ritmo de su seno bajo la Luna, vigiladas por la Serpiente Alada, herida con una cruz en su lomo.

            Cuando las mujeres suben al monte, la Serpiente alza su vuelo llevando a una Vieja que Hila en la Rueca el hilo del tiempo; la sucesión de lunas nuevas y viejas, y cada Plenilunio, deja a su paso grandes losas que llenan de dólmenes la tierra húmeda, desde Dombate[3] al Hospital da Fonsagrada, desde A Faladoira hasta O Morrazo[4].

            La luz de la Luna hiende la tierra, y se escucha un ritmo sordo de percusión profunda que es el pandeiro del amigo que ya no está. Es el sonido del domen, el antiguo ritmo de la semilla transformada en la espiga del eterno campesino neolítico que todos llevamos dentro.

            La Serpiente Alada sigue el viaje, y la Vieja que Hila en la Rueca siembra de piedras las márgenes del Gran Mar, y dibuja la Luna en las pinturas de las Antelas en la Beira Alta[5], en los relieves del Gavrinis en Armórica[6], y en los grabados de Loughcrew en la Irlanda de Brugh na Bóinne[7], y cose con su hilo los confines del mundo que llevan por nombre Fisterra. Así nace la Hermandad de la Piedra y la Luna en las tierras húmedas unidas por el mar.

            Ritmo de mar, olas y mareas. La Luna marca el tempo, y el tiempo se hace piedra en la Laxe das Rodas de Muros, y se hace ola en los círculos de Fentáns e Cotobade. Y el tiempo cruza el mar, y sus misterios quedan ocultos para siempre en los Laberintos de Mogor y Hollywood.[8]

            Ritmo interminable, agua resbalando sobre la piedra. La Luna crea entonces la vida vegetal sobre el dolmen y la losa grabada, y nace la ruina. Piedras del monte, hogares de musgo.

            Y pasan Lunas. En el Plenilunio los hombres de los castros, libada la cerveza ritual de los que se sienten guerreros del Bronce, bailan con un solo pie mientras lanzan aturuxos[9] y berros secos. Más tarde, en el mismo lugar una Moura[10] peina sus cabellos rubios, y una serpiente aguarda los nueve besos que abrirán el gran tesoro a aquel que sepa descifrar el mensaje de la Luna en el Laberinto y tenga el valor para pasar las pruebas sin caer en el terror. Mientras, desde lo alto, la Luna dedica su sonrisa a los Siete Pollitos de Oro[11], aguardando que vuelvan a su lugar cósmico al lado de ella.

            Luna sobre la fuente, y un tullido se cura el tangaraño[12]. Luna en la cruz de los caminos, y una sabia quema los cabellos de un infante para alejar a la meiga chuchona[13]. Luna sanadora de las olas y de las piedras perforadas. En el claro del bosque un hombre se encierra en un círculo mientras pasa la Santa Compaña[14] llevada por un ángel enfermo y triste.

            Ritmo de vida. Plenilunio de agosto para cortar la retama y, más tarde, en septiembre, el árbol de madera buena en la robleda obscura.

            Ritmo de ola y de mareas, ritmo de la piedra y del tiempo, ritmo de la vida y del bosque.

            Ritmo de Luna en esta Luz de Plenilunio en la Lubre[15] Atlántica.

Fóra a-iauga, veña a Lúa

Polas portiñas da Coruña.

Xosé Mª Bello Diéguez

(Director del museo arqueológico de A Coruña) (18-8-97)

 

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